Nuestras palabras han de ser saetas.
Venablos inconformes y punzantes
clavándose en la carne putrefacta
del Globalismo y de quien lo trujo.
Nuestras palabras han de ser banderas
contra este mundo chato y decadente.
Han de ser lanzallamas que achicharren
la obscena aceptación de los sumisos.
Nuestras palabras han de ser arengas
que inflamen corazones de guerreros
y que insuflen valor a los que luchan
contra un orden grotesco e inhumano.
Nuestras palabras han de ser recuerdo
y homenaje a los bravos camaradas
que cayeron luchando sin rendirse
contra la hidra judaica y repugnante.
J.L. Antonaya
