Van deprisa los trenes de los días.
El tiempo es una lluvia, y cada hora
es eco de fugaz locomotora
silbando un no retorno entre las vías.
Quién pudiera parar las gotas frías
y preservar la sombra protectora,
cálida y permanente en la demora,
de un instante sin prisas ni agonías.
El tiempo es una nada destructora
de momentos, de risas y de llantos
en vórtice de urgencias congeladas.
El tiempo es una puta y cada hora
es un clavo oxidado de quebrantos
traspasando una cuenca sin miradas.
J. L. Antonaya