Dolor, silencio y frío que se desliza
en una peripecia imaginada
por una deidad necia alucinada.
Una llaga que nunca cicatriza.
Un temblor en la llama tornadiza
de existencia fugaz y apresurada
que apenas se distingue de la nada.
Una sombra en busca de ceniza.
La vida es un latido inapreciable,
los dioses una banda de ladrones
y no hay eternidad que no se pierda
en un desagüe sucio inevitable
que engullirá recuerdos e ilusiones.
Y al final nos iremos a la mierda.
J.L. Antonaya