París huele a basura y a fracaso;
a selva, a destrucción y a sangre inerte;
a selva, a destrucción y a sangre inerte;
huele a ruina y vergüenza, huele a muerte;
a invasión, humillaciones y retraso.
Arde en París la hoguera del ocaso
de una Europa postrada que pervierte
su estirpe antaño blanca, noble y fuerte,
y hoy es un canto triste de payaso.
Pero no es lo peor la horda africana
ni la morisma fanática y rugiente
sanguinaria y borracha de rencores.
Lo peor es la progrez de palangana
afeminada, servil y complaciente
que abrió las puertas a los invasores.
J.L. Antonaya